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L  A  U  R  A

de Otto Preminger

 

 

 

 

 

 

 

Gene Tierney es Laura, como Laura es Gene Tierney, son dos nombres unidos en un clásico del cine negro con afluentes desbordantes de Obra Maestra, y por supuesto de culto. Este es el motivo por el cual deseo comenzar mi trabajo con una pincelada de lo que significó Gene en el cine, aunque no llegase a la cima como otros nombres míticos de Hollywood, pero para este critico de cine con solo Laura demostró estar a la altura, hay momentos en que los ojos del espectador no se pueden apartar de la pantalla, solo existe Laura-Gene.

 

 

 

 

A continuación una pequeña semblanza de la vida de tan insigne actriz:

Gene Eliza Tierney nació en Brooklyn el 19 de noviembre de 1920, su padre era un próspero empresario de seguros y su madre profesora. La enviaron a los mejores colegios. Primero en Connecticut y después en una academia suiza. En 1939 regresó a Nueva York y comenzó a actuar en Broadway, no tardando en llamar la atención de los críticos por su talento y belleza. El productor Darryl F. Zanuck, después de verla actuar, le ofreció un contrato con los estudios 20Th Century Fox. Debutó en la gran pantalla con la película "La venganza de Frank James". Después protagonizó "El Renegado", "Sinuhe El Egipcio", "La ruta del tabaco" y "El embrujo de Shangai". En 1944, protagonizó una obra maestra: "Laura ", de Otto Preminger, este es sin duda el film que más fama le dio,  siete años después volvió a trabajar con Preminger en otras películas de intriga: "Vorágine" y "Al borde del peligro". Cabe destacar otros clásicos de grandes directores como "El Diablo dijo no" de Lubitsch, "Que el cielo la juzgue", por la que fué nominada al Óscar y "El Fantasma Y La Señora Muir" de Joseph Mankiewicz. Se casó con el diseñador de vestuario Oleg Cassini, unión a la que se opuso el padre de Gene –que consideraba a Cassini “un cazafortunas” –, al igual que la 20th Century Fox y la Paramount, que despidieron a Oleg al enterarse de su boda con Gene. Tuvieron dos hijas juntos: Daria, que nació con retraso mental, sordo-muda y ciega producidos por un contagio de rubéola que le contagió a Gene una admiradora, lo que le ocasionó muchas depresiones. Su segunda hija llamada Cristina, nació sana. El matrimonio no fue bien por a las infidelidades del marido. Intermitentemente, la pareja se separó y se juntó varias veces. En esa época Gene tuvo varias aventuras amorosas, destacan las vividas con John F. Kennedy y el príncipe Aly Khan. Geny y Oleg se divorciaron en 1952. Empezó a sufrir fuertes depresiones y desequilibrios, que la llevarán a acabar ingresada en la década de los 50 en varias instituciones mentales en donde es sometida a brutales tratamientos de choque, que eliminarán parte de su memoria y que ella denunciará repetidamente a lo largo de su vida. En la década de los cincuenta comenzó a trabajar para la Metro Goldwyn Mayer y con dos de sus principales estrellas: con Spencer Tracy, en "La aventura del Plymouth", y con Clark Gable, en "No me abandones." En esa época también destaco su soberbia interpretación en "La mano izquierda de Dios" al lado del insípido Humphrey Bogart. En 1960  se casó con W. Howard Lee, magnate del petróleo, que anteriormente había estado casado con Hedy Lamarr. Gene después de intervenir en "Tempestad sobre Washington" "Juegos en el Ático" y "En busca del amor", se retiró definitivamente del cine. La rutilante actriz de tantos éxitos pasó a llevar una vida normal de ama de casa y escribir su autobiografía. Durante los 80, con algunos períodos de inestabilidad psicológica, se la pudo ver como invitada de honor en algunos festivales europeos donde se le homenajeó y premió por su trayectoria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 Antes de ver una película nunca leo las críticas... Si bien no quiero leerlas hasta no caer en la maliciosa tentación de ser arrastrado en ideas y pensamientos ajenos. Veo como pasan bisturís, pinzas y tijeras diseccionando la película. En Laura existe un personaje clave: Waldo Lydecker, ese hombre charlatán, entrometido y fatuo interpretado magistralmente por Clifton Webb podría añadir mucho más. “Laura” posee unas cuantas cualidades que convierten la película en un ejercicio de altura. Sobre todo a nivel interpretativo. El nombrado Webb, una Gene Tierney que usa la ausencia como fuerza; y un detective necrófilo y por tanto, bastante onírico, al que da vida Dana Andrews, que consigue una gran interpretación y queda un peldaño por debajo de este dúo de ases. Más que el guión, al que siendo francos le vi el plumero en determinados momentos (me imagino que el tiempo no juega en este aspecto a su favor), me fascina esa planificación de escenas que Preminger consigue. Como capta toda nuestra atención un sofá, un cuadro y un detective soñando. Como desde el principio las horas marcan el camino, como una bañera y dos hombres se muestran tan sugerentes sin que una pizca de sexualidad pase por nuestras sucias mentes y más conociendo la ambigüedad sexual de Lydecker o una invitación a un güisqui barato donde nada es lo que parece. Laura es un cuadro, y como tal, cualquier detalle expuesto en él tiene su razón de ser. Por debajo de su apariencia de cine negro Laura es, básicamente, una historia de amor. Un amor celoso, obsesivo, que acaba desembocando en un crimen. En este sentido “Laura” tiene puntos en común con Vértigo, de Hitchcock: en los dos casos encontramos el mismo elemento de obsesión amorosa, la misma fascinación por una persona a la que se cree fatalmente desaparecida; y en ambos casos, también, la supuestamente fallecida vuelve a aparecer de súbito entre los vivos, dándole un nuevo giro al argumento. Laura podría ser considerada como un magnifico ejemplo del cine con el que nos obsequiaba Hollywood en su época dorada. Con todas sus virtudes, pero también con sus defectos. Entre las primeras se encuentra, a mi juicio, la fascinación y el glamour que desprende su protagonista, una Gene Tierney en la cumbre de su belleza. También habría que señalar elementos tales como la sobresaliente dirección artística, la espléndida fotografía, la mítica y evocadora banda sonora, etc.  Y llegados a este punto, me pregunto si una película como Laura tiene algún defecto que se pueda destacar. Pero antes de responder a esta cuestión habría que precisar que esos defectos tendríamos que atribuirlos mayormente a ciertas características y hábitos a los cuales era proclive la industria de Hollywood en aquella época, más a la película en sí considerada como obra maestra. Entre ellos podríamos hacer mención, quizá, a un cierto estatismo producido por el peso de los diálogos en detrimento de la parte visual y la acción. Con todo, este apunte de los diálogos podría ser considerada, también, como totalmente natural si nos atenemos al origen teatral del argumento en el que está basado el guión. Otro factor que a mi juicio también sería mejorable tiene que ver con cierta presunta artificiosidad y atribuible básicamente a que fue rodada íntegramente en decorados de estudio.  A pesar de estas leves objeciones, hay que reconocer que nos encontramos ante de una magnifica y mítica película. Una película cuyo elemento central es la irresistible fascinación suscitada por una mujer de misterioso encanto. Una criatura que conseguirá hechizar no solo a los personajes masculinos de la película, sino también al público de cualquier generación.


 

Un dato curioso y ¿significativo?: la gran cantidad de películas cuyo título es solo un nombre de mujer, así, sin más especificaciones; sin ser personajes históricos, mujeres de ficción que, de alguna manera, alteran el universo masculino con su mera presencia. Sin tener que esforzarme mucho, me vienen a la memoria: Alice, Amélie, Annie Hall, Betty Blue, Carmen, Fedora, Gertrud, Gilda, Gloria, Jezabel, Laura, Lola, Lolita, Ninotchka, Rebeca, Sabrina, Tristana, Viridiana. Si buscan películas con nombre masculino, os llevará más esfuerzo. Y es que la mirada del cine fue y sigue siendo masculina, y las mujeres en el cine se ocultan tras el tópico del objeto de deseo, el supremo y ancestral trofeo para el hombre. Se nos presentan como semidiosas, seres extraordinarios, con mágicos ascendentes sobre los hombres, a los que privan de libertad: si caemos en sus redes no será porque no han puesto empeño en avisarnos a lo largo de nuestra vida. Cualquier cosa antes que percibirlas como reales y, por tanto, iguales a los hombres, porque en ello radica todo. Gracias a este tópico, han sido posibles obras tan fascinantes como este thriller onírico que tiene la hechura de las películas inmortales, de las que siempre recompensan en sus visionados. Soberbio guión –algunos diálogos son dignos de memorizarse- de engañosa sencillez, que avanza de sorpresa en sorpresa, desmontando certezas absolutas con efectividad, sin menoscabar con ello la credibilidad de la historia. Si la banda sonora es mítica, la voz de Waldo, flotando por las estancias, estremece. La fotografía ganadora de un merecido Oscar. Los actores sobresalen dando vida a cuatro personajes para el recuerdo: una mujer superlativa hechizando, en el súmmum del embrujo femenino, desde la misma ausencia; y tres hombres dando tumbos por la vida, con una sola obsesión: poder decir solo ese nombre de mujer, así, sin más especificaciones, y que alguien les responda.

 

 

De estructura narrativa ajustadísima, Preminger se introdujo de lleno en los clichés de cine policiaco con ribetes negros: diálogos ácidos, usos sociales, veladas intenciones.... todo para darles vuelta y media y presentarnos así un noir fantasmagórico en el que las bajas pasiones y los bajos instintos aparecen con sucesivos giros de perspectiva. Puntos de vista de diferentes personajes o de distintas realidades o irrealidades, según se mire; hilos que elípticamente se engastan en la trama, desembocando en un travelling en el interior de una casa.... Como ese movimiento, que lleva la cámara hasta una puerta que se abre y un personaje que entra, no se quiebra con el montaje, continúa siendo el mismo plano. La perspectiva obsesiva de Dana Andrews rastreando una casa vacía ocupa nuestra atención plenamente. La imagen no se corta. Quizás sea real lo que viene después; quizás no. Es interesante ese doble prisma desde donde se observa la cinta; bien como película clásica, perfectamente engrasada, o como esa otra película que anda por detrás, agazapada luchando por aflorar contraponiéndolo lo aparente y lo real, lo expresado en una construcción que susurra planos sutiles. Todo esto perdura en la memoria del cinéfilo, aunque no tenga muy reciente el film, es como una plasmación de la obsesión por un ideal, sea por parte de D. Andrews, V. Price, Clifton Webb o el propio espectador. Todo en forma de amor, posesión, lujuria o película de misterio. Aunque, quizás, precisamente por estar muerto nos atraiga con la vocación de extraña eternidad que tienen algunos cuadros o fotografías. Esos retratos que nos reclaman desde la ultratumba de la memoria, las invenciones o el subconsciente. Así nos reclama también esta película, ése es también su terreno, no sólo la investigación de un asesinato; y de esa forma lo intento escribir yo, sin recordar apenas nada de relojes de pared. Podría decir que fue eso precisamente lo que me impidió olvidar, pese a los años, esta obra maestra donde murió Laura. La película es un conjunto de armonías y contrastes singulares. El relato incluye ambigüedades, leves indicaciones, sugeridas esbozadas, sobreentendidos y fueras de campo elípticos. Además, el film suma elementos extraños, poco verosímiles e insólitos, como el enamoramiento que el policía siente por la difunta Laura; el intento de aproximación a ella que el policía ensaya a través de visitas a su apartamento, la contemplación de su retrato, su perfume, la copa de su brandy; el hecho que el policía acepta ser acompañado en sus pesquisas por uno de los principales sospechosos; el afecto dominante, manipulador, absorbente y obsesivo, que Lydecker siente por Laura y otros. El film cuida el nivel de tensión, que se eleva a medida que el espectador advierte que un criminal, sanguinario y desequilibrado, anda cerca y puede volver a matar. Con estos materiales se consigue un relato que fascina al espectador y suscita en él emociones poco comunes. Los dos protagonistas, Laura y McPherson, se ven superados por la potente interpretación de Clifton Webb, espina dorsal sobre la que se apoya el film. En torno al personaje de Waldo Lydecker, complejo, contradictorio, excéntrico y enigmático. La obra es un film culminante e imprescindible. Preminger crea una de sus mejores realizaciones, posiblemente la mejor.

 


Otto Preminger se adscribió a esa corriente de cine negro y de intriga que inmortalizaba a actrices bellísimas o de gran poder de seducción, mujeres dotadas de una belleza extraordinaria, que no siempre estaba relacionada con la perfección física, pero si con cierta aureola irresistible. En el caso de Gene Tierney se conjugaban ambos rasgos. En la era del Star System, de los rostros hermosos y carismáticos que lideraban la meca del cine, actrices como Gene Tierney levantaban un huracán de pasiones a su paso. Deseada por muchos, vio cómo las puertas de Hollywood se rendían ante sus encantos. Tuvo a sus pies a figuras muy famosas, como Howard Hughes, entre otros. En aquella era cinematográfica se combinaba el rostro angelical de una hermosa estrella con el género policíaco, de intriga y de crímenes; con la presencia de galanes que reunían el perfil de dandis elegantes cuyas personalidades, fuesen como fuesen, confluían en la debilidad por la atracción que ejercía la protagonista; y con el empleo de una fotografía en blanco y negro tenebrista y de una música efectista que apelan a las fibras sensibles e impresionables del espectador, jugando con su tensión y su capacidad deductiva. Laura es un thriller de los de aplaudir, con ese saber estar del cine de antaño, con ese brillante guión en el que un sutil humor irónico y agudo juega una baza fundamental junto con su capacidad fascinadora y atrayente hacia las incógnitas de la trama. Ésta se va desplegando de forma contenida y bien dosificada, con giros sorpresa que sin duda hacen las delicias del espectador que espera que le sorprendan, y con esa atmósfera de hechizo en la que el romanticismo, el encanto, las intrigas, los descubrimientos inesperados, las obsesiones, los desengaños y la fatalidad crean un cóctel consistente y de sabor duradero. Una historia oscura con un crimen de por medio, donde tres hombres diferentes, cada uno a su manera, en el embrujo de una mujer de rompe y rasga, desembocando en consecuencias trágicas en torno a las cuales planea la película. Amor sin esperanzas, celos enfermizos, amor interesado, gratitud, pasión alimentada por la evocación y por recuerdos atisbados en objetos personales, en un cuadro, en cartas…
Hay veces en que basta el aura de una persona para que otros caigan rendidos ante ella.....Todos caeríamos.. Hipnótico film donde las sorpresas están aseguradas desde el comienzo hasta el final, y en el que los giros inesperados se suceden a ritmo vertiginoso.


Me recuerda en ocasiones a Vértigo, e incluso a Rebeca, ambas de Hitchcock, en la fascinación que despierta la imagen de una mujer desaparecida. Es el caso del detective privado encarnado por Dana Andrews, que cae prendado de Laura al contemplar su imagen retratada en un cuadro. Los diálogos son de una gran sutileza e inteligencia, nada sobra ni falta. Además de la elegancia de Gene Tierney, destaca también la magistral actuación de Clifton Webb (Waldo), que cómo no, también se ve cautivado ante el magnetismo personal de Laura. Sin duda una película para la historia del cine con mayúsculas y que se ve con agrado una y otra vez, a pesar del tiempo transcurrido.

 

 


Es pública y notoria mi manía obsesiva por no conocer los argumentos de las películas antes de verlas; de hecho, si por error o inevitablemente leo una sinopsis pierdo algo del interés por ella. Digo esto porque con este título me esperaba algún retrato femenino al estilo de "Gertrud" de Dreyer, película que detesto. Y para mi sorpresa me he encontrado con una absorbente trama policial que te atrapa desde el primer minuto hasta el último. La secuencia inicial con ese extraño Cliffton Web escribiendo en la bañera sobre asesinatos, rodeado de una decoración de lo más recargada, es como mínimo simpática, presentando al que será el mejor personaje de la película. El ritmo de la historia es magistral, aleccionador. Hay algo en el montaje, los diálogos y las actuaciones que absorbe y aísla de todo lo que no sea aquello que te están contando. Además, la trama está muy bien llevada y te mantiene con una gran intriga acerca de la identidad del asesino. Sólo he encontrado un vacío: un amor necrofílico. Yo creo que es la historia de un amor imposible, o quizás la historia de una mujer, o quizás la historia de un policía solitario.... No lo sé....Ella atrapa por su belleza, y por el magnetismo que irradia el cuadro. Un cuadro del que todos nos enamoraríamos, un cuadro que va a dejar tocado a Dana Andrews, como nos dejaría tocado a cualquiera. Y el intelectual, vanidoso y sensible Clifton Webb , yo personalmente le comprendo y le compadezco. Con una actuación sobresaliente, le odias continuamente, y al final la vida es dura y siempre castiga al que se salta las reglas, ¡aunque sea por amor!.
Con una fotografía no tan expresionista como otros clásicos del genero, pero bestial: ese comedor donde está el cuadro, la imagen de Laura iluminada por el foco en la comisaría, sus visitas a la casa de Clifton Webb, o el plano secuencia final, lleno de tristeza y desahogo. Demasiadas cosas: Obra maestra total y absoluta.


Resulta sorprendente la corta duración del filme, en apenas una hora y veinticinco minutos Preminger condensa un relato, movido, sobrio, en el que tienen cabida desde los momentos más típicos del género hasta los giros más inesperados, capaces de meter de lleno al espectador en la historia. La dirección se mueve entre interiores de lujo, de estilo barroco  y espacios nocturnos que junto con el factor climático consiguen crear una atmósfera de inseguridad. Se agradece el buen tacto de Preminger, que en esta ocasión aporta una puesta en escena elegante, de cierto tono teatral, con unos acertados movimientos de cámara, acompañados de la  fotografía de Joseph LaShelle, llena de contrastes. En definitiva, Laura es un largometraje excelente; pensado como una película de serie B en un primer momento, ha conseguido alzarse como uno de los ejemplos más claros y acertados del “film noir” americano. No hay que dejar de mencionar que la cinta además posee interesantes giros narrativos que le dan un vuelta de tuerca a la investigación en varios pasajes del relato, acarreando con ello mayor intriga en el espectador. Todo es excepcional en ella, un director que tiene muy claro como contarlo y un reparto de los que hoy en día son imposibles, al margen de que no es necesario ni efectos especiales, ni localizaciones espectaculares, ni movimientos de cámara a prueba de mareos, ni decorados millonarios. Laura es cine negro, negrísimo como el interior de alguno de los personajes, negrísimo como los sentimientos que provoca, como la obsesión, como el objeto de deseo inalcanzable, los celos que destrozan el singular pigmalión que cree estar ante su obra maestra, fruta prohibida para todo el que no sea él, o los sentimientos necrófilos que genera su imagen colgada en una pared a un policía que pasa por momentos personales difíciles….Todo un resultado fantasmagórico.

 


¡Imprescindible!
 

 


No voy a desvelar aquí la identidad del culpable pues como toda película policíaca que se precie ese es el interrogante que da sustento al film. Es una excelente película. impagable la presencia de Judith Anderson, la inolvidable ama de llaves de Rebeca. Su papel, aunque secundario, confiere algo etéreo en el film. La escena del aseo de señoras es prueba de ello.

Con la belleza de Gene Tierney, hacen que este film sea de visión obligada para todo cinéfilo que se precie.